jueves, 28 de agosto de 2014

Llamadlo talento


Cuanto tengo es un jardín que es de sí mismo,
un mundo vegetal
del que he ignorado largo tiempo el nombre,
ocupada como estaba en esperar y despreciar.
Oh sí. Cuanto he despreciado
a través de mi propia naturaleza muerta,
de la desdicha de sentirme incompleta;
demasiado pequeña y cobarde en mi grandeza.

Ahora,
ahora aprendo alguno de estos nombres
por su olor propio: ruda, Madreselva;
su sabor propio: higo, ciruela
por la generosidad de su color.

Hay al fondo del jardín
una frondosa colonia de altas cañas.
Desconfío de las cañas
que se adueñarían de todo,
si pudieran,
pero amo mirar sus altos brotes
adentrarse en el cielo
movidos por el viento.
Unas pocas hojas -puntas de lanza-
tiernas, flexibles, traslúcidas,
colmadas del caer la tarde,
su luz y sus sombras,
como debieron ser antes de forjarlas para la guerra,
anteriores a la guerra de saber qué soy,
qué país, qué raza, 
qué género es el mío;
cómo debo comportarme,
en qué lengua he de hablar,
a qué dios debo obedecer,
a qué demonios debo temer,
a qué debo aspirar en consecuencia,
de qué modo,
de qué modo aprendí a desterrar
mis sueños,
a no hacerlos verdaderos.

Hay una guerra,
una sola guerra.
Se lucha por el territorio,
se lucha por defender la propia identidad,
por restablecer las fronteras;
pero las batallas no transcurren lejos,
en las trincheras.
Los niños de Gaza lo saben,
lo sabe la pequeña
cuyo lamento se abrió paso
entre los escombros de nuestra civilización,
a quien los hombres corrieron a desenterrar.
¿Pensaban ellos en el enemigo
al otro lado del vergonzoso muro,
en las bombas cayendo,
en la casa destruida,
en la sed de luego?
O escucharon, únicamente,
escucharon el lamento.
¿Veían la destrucción alrededor, el polvo gris,
las toneladas de cemento desarmado?
O más allá de los sólidos preceptos
acudieron apresuradamente
a retirar  los pesados cascotes,
a escarbar con urgente esperanza
-tan solo con las manos
y las heridas de las manos-
como un solo Capitán al frente de un naufragio,
listos para la muerte,
por preservar el frágil hilo de luz
-como la última y proverbial razón de todo hombre-
por desenterrar la vida,
por acallar el llanto de la pequeña,
insignificante flor sin nombre,
renacida de más allá del infierno,
en este otro infierno del ensañamiento;
a quien hubo que desenraizar
con cuidado, para no dañar más.
La que volvió a nosotros abrazada por todos
como se abraza en algún momento,
al niño desamparado
que llevamos dentro.

Lo saben los niños que aman cantar
y responden a la llamada del Territorio Inmenso,
y se prestan a ser tocados como un instrumento
que alcanza las notas más claras y poderosas;
a dejarse abrazar por el alma vieja del mundo.
Colmadas sus voces por la alegría de un encuentro 
que nunca ha dejado de acontecer;
por el canto recién concebido en latitudes insobornables,
que adoptará la forma propia de sus raíces musicales,
y les hará libres de cantar,
pero no de enfrentar la gran batalla
de abrazar su alma y no soltar,
para no morir de sed.

Llamadlo si queréis talento,
pero es el Alma quien canta,
y nosotros su instrumento.
Callad pues,
y escuchad,
y abrazad el silencio
de los desterrados de su propia voz,
del desesperado llanto que no cesa.

Llamad talento,
para empezar,
a ser conmovidos por el viento,
por los pájaros sin nombre,
por los ancianos que encorvados
sobre sus carritos de ruedas,
van solos a la compra,
que comen y conversan solos,
que van solos al médico.
Por los niños que obedecen a sus padres
a cambio de aprobación,
que imaginan amigos invisibles con quien hablar, 
sin ser juzgados,
a cerca de cómo ellos ven el mundo,
al abrigo de la pesada autoridad;
que olvidarán cómo exactamente
les conmueve a ellos el mundo,
después de pasar por recepción.
¿O no osaremos acercarnos
una sola mirada?

A aquellos que abrazan su alma
¿Los adoraremos por lo que evocan:
el inmenso país, la tierra fértil,
el jardín secreto, el huerto fecundo?.
¿Trataremos de rodearlos de oro,
de seducirlos con las muchas caras
de la decadencia?
¿Los empujaremos a que se sientas
extraordinarios, poderosos, envidiables;
de magnificarnos a través de ellos, para no escuchar
el hondo lamento de este mundo nuestro,
de los desterrados del Territorio de los Mil Nombres?

Así como he creído comprender porque luchamos,
así me sobrecoge esta visión.
Pero le he prometido un poema a mi alma esta tarde;
un puente:
de mi pequeñez,
a la hermandad de mi sangre.


Gema Durán



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