Cuanto
tengo es un jardín que es de sí mismo,
un
mundo vegetal
del
que he ignorado largo tiempo el nombre,
ocupada
como estaba en esperar y despreciar.
Oh
sí. Cuanto he despreciado
a
través de mi propia naturaleza muerta,
de
la desdicha de sentirme incompleta;
demasiado
pequeña y cobarde en mi grandeza.
Ahora,
ahora
aprendo alguno de estos nombres
por
su olor propio: ruda, Madreselva;
su sabor propio: higo, ciruela
por
la generosidad de su color.
Hay
al fondo del jardín
una
frondosa colonia de altas cañas.
Desconfío
de las cañas
que
se adueñarían de todo,
si
pudieran,
pero
amo mirar sus altos brotes
adentrarse
en el cielo
movidos
por el viento.
Unas
pocas hojas -puntas de lanza-
tiernas,
flexibles, traslúcidas,
colmadas
del caer la tarde,
su
luz y sus sombras,
como
debieron ser antes de forjarlas para la guerra,
anteriores
a la guerra de saber qué soy,
qué
país, qué raza,
qué género es el mío;
cómo
debo comportarme,
en
qué lengua he de hablar,
a
qué dios debo obedecer,
a
qué demonios debo temer,
a
qué debo aspirar en consecuencia,
de
qué modo,
de
qué modo aprendí a desterrar
mis
sueños,
a no hacerlos verdaderos.
Hay una guerra,
una
sola guerra.
Se
lucha por el territorio,
se
lucha por defender la propia identidad,
por
restablecer las fronteras;
pero
las batallas no transcurren lejos,
en
las trincheras.
Los
niños de Gaza lo saben,
lo
sabe la pequeña
cuyo
lamento se abrió paso
entre
los escombros de nuestra civilización,
a
quien los hombres corrieron a desenterrar.
¿Pensaban
ellos en el enemigo
al
otro lado del vergonzoso muro,
en
las bombas cayendo,
en
la casa destruida,
en
la sed de luego?
O
escucharon, únicamente,
escucharon
el lamento.
¿Veían
la destrucción alrededor, el polvo gris,
las
toneladas de cemento desarmado?
O
más allá de los sólidos preceptos
acudieron
apresuradamente
a
retirar los pesados cascotes,
a
escarbar con urgente esperanza
-tan
solo con las manos
y
las heridas de las manos-
como
un solo Capitán al frente de un naufragio,
listos
para la muerte,
por
preservar el frágil hilo de luz
-como
la última y proverbial razón de todo hombre-
por
desenterrar la vida,
por
acallar el llanto de la pequeña,
insignificante
flor sin nombre,
renacida
de más allá del infierno,
en
este otro infierno del ensañamiento;
a
quien hubo que desenraizar
con cuidado, para no dañar más.
La
que volvió a nosotros abrazada por todos
como
se abraza en algún momento,
al
niño desamparado
que
llevamos dentro.
Lo
saben los niños que aman cantar
y
responden a la llamada del Territorio Inmenso,
y
se prestan a ser tocados como un instrumento
que
alcanza las notas más claras y poderosas;
a
dejarse abrazar por el alma vieja del
mundo.
Colmadas
sus voces por la alegría de
un encuentro
que nunca ha dejado de acontecer;
por
el canto recién concebido en latitudes insobornables,
que
adoptará la forma propia de sus raíces musicales,
y
les hará libres de cantar,
pero
no de enfrentar la gran batalla
de
abrazar su alma y no soltar,
para
no morir de sed.
Llamadlo
si queréis talento,
pero
es el Alma quien canta,
y
nosotros su instrumento.
Callad
pues,
y
escuchad,
y
abrazad el silencio
de
los desterrados de su propia voz,
del
desesperado llanto que no cesa.
Llamad
talento,
para
empezar,
a
ser conmovidos por el viento,
por
los pájaros sin nombre,
por
los ancianos que encorvados
sobre
sus carritos de ruedas,
van
solos a la compra,
que
comen y conversan solos,
que
van solos al médico.
Por
los niños que obedecen a sus padres
a
cambio de aprobación,
que
imaginan amigos invisibles con
quien hablar,
sin ser juzgados,
a
cerca de cómo ellos ven el mundo,
al
abrigo de la pesada autoridad;
que
olvidarán cómo exactamente
les
conmueve a ellos el mundo,
después
de pasar por recepción.
¿O no osaremos acercarnos
una sola mirada?
A
aquellos que abrazan su alma
¿Los
adoraremos por lo que evocan:
el
inmenso país, la tierra fértil,
el
jardín secreto, el huerto fecundo?.
¿Trataremos
de rodearlos de oro,
de
seducirlos con las muchas caras
de
la decadencia?
¿Los
empujaremos a que se sientas
extraordinarios,
poderosos, envidiables;
de
magnificarnos a través de ellos, para no escuchar
el
hondo lamento de este mundo nuestro,
de
los desterrados del Territorio de los Mil Nombres?
Así
como he creído comprender porque luchamos,
así
me sobrecoge esta visión.
Pero
le he prometido un poema a mi alma esta tarde;
un
puente:
de
mi pequeñez,
a
la hermandad de mi sangre.
Gema Durán
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Cuanto
tengo es un jardín que es de sí mismo,
un
mundo vegetal
del
que he ignorado largo tiempo el nombre,
ocupada
como estaba en esperar y despreciar.
Oh
sí. Cuanto he despreciado
a
través de mi propia naturaleza muerta,
de
la desdicha de sentirme incompleta;
demasiado
pequeña y cobarde en mi grandeza.
Ahora,
ahora
aprendo alguno de estos nombres
por
su olor propio: ruda, Madreselva;
su sabor propio: higo, ciruela
por
la generosidad de su color.
Hay
al fondo del jardín
una
frondosa colonia de altas cañas.
Desconfío
de las cañas
que
se adueñarían de todo,
si
pudieran,
pero
amo mirar sus altos brotes
adentrarse
en el cielo
movidos
por el viento.
Unas
pocas hojas -puntas de lanza-
tiernas,
flexibles, traslúcidas,
colmadas
del caer la tarde,
su
luz y sus sombras,
como
debieron ser antes de forjarlas para la guerra,
anteriores
a la guerra de saber qué soy,
qué
país, qué raza,
qué género es el mío;
qué género es el mío;
cómo
debo comportarme,
en
qué lengua he de hablar,
a
qué dios debo obedecer,
a
qué demonios debo temer,
a
qué debo aspirar en consecuencia,
de
qué modo,
de
qué modo aprendí a desterrar
mis
sueños,
a no hacerlos verdaderos.
Hay una guerra,
una
sola guerra.
Se
lucha por el territorio,
se
lucha por defender la propia identidad,
por
restablecer las fronteras;
pero
las batallas no transcurren lejos,
en
las trincheras.
Los
niños de Gaza lo saben,
lo
sabe la pequeña
cuyo
lamento se abrió paso
entre
los escombros de nuestra civilización,
a
quien los hombres corrieron a desenterrar.
¿Pensaban
ellos en el enemigo
al
otro lado del vergonzoso muro,
en
las bombas cayendo,
en
la casa destruida,
en
la sed de luego?
O
escucharon, únicamente,
escucharon
el lamento.
¿Veían
la destrucción alrededor, el polvo gris,
las
toneladas de cemento desarmado?
O
más allá de los sólidos preceptos
acudieron
apresuradamente
a
retirar los pesados cascotes,
a
escarbar con urgente esperanza
-tan
solo con las manos
y
las heridas de las manos-
como
un solo Capitán al frente de un naufragio,
listos
para la muerte,
por
preservar el frágil hilo de luz
-como
la última y proverbial razón de todo hombre-
por
desenterrar la vida,
por
acallar el llanto de la pequeña,
insignificante
flor sin nombre,
renacida
de más allá del infierno,
en
este otro infierno del ensañamiento;
a
quien hubo que desenraizar
con cuidado, para no dañar más.
La
que volvió a nosotros abrazada por todos
como
se abraza en algún momento,
al
niño desamparado
que
llevamos dentro.
Lo saben los niños que aman cantar
y
responden a la llamada del Territorio Inmenso,
y
se prestan a ser tocados como un instrumento
que
alcanza las notas más claras y poderosas;
a
dejarse abrazar por el alma vieja del
mundo.
Colmadas
sus voces por la alegría de
un encuentro
que nunca ha dejado de acontecer;
que nunca ha dejado de acontecer;
por
el canto recién concebido en latitudes insobornables,
que
adoptará la forma propia de sus raíces musicales,
y
les hará libres de cantar,
pero
no de enfrentar la gran batalla
de
abrazar su alma y no soltar,
para
no morir de sed.
Llamadlo si queréis talento,
pero
es el Alma quien canta,
y
nosotros su instrumento.
Callad
pues,
y
escuchad,
y
abrazad el silencio
de
los desterrados de su propia voz,
del
desesperado llanto que no cesa.
Llamad talento,
para
empezar,
a
ser conmovidos por el viento,
por
los pájaros sin nombre,
por
los ancianos que encorvados
sobre
sus carritos de ruedas,
van solos a la compra,
van solos a la compra,
que
comen y conversan solos,
que
van solos al médico.
Por
los niños que obedecen a sus padres
a
cambio de aprobación,
que
imaginan amigos invisibles con
quien hablar,
sin ser juzgados,
sin ser juzgados,
a
cerca de cómo ellos ven el mundo,
al
abrigo de la pesada autoridad;
que
olvidarán cómo exactamente
les
conmueve a ellos el mundo,
después
de pasar por recepción.
¿O no osaremos acercarnos
una sola mirada?
A
aquellos que abrazan su alma
¿Los
adoraremos por lo que evocan:
el
inmenso país, la tierra fértil,
el
jardín secreto, el huerto fecundo?.
¿Trataremos
de rodearlos de oro,
de
seducirlos con las muchas caras
de
la decadencia?
¿Los
empujaremos a que se sientas
extraordinarios,
poderosos, envidiables;
de
magnificarnos a través de ellos, para no escuchar
el
hondo lamento de este mundo nuestro,
de
los desterrados del Territorio de los Mil Nombres?
Así
como he creído comprender porque luchamos,
así
me sobrecoge esta visión.
Pero
le he prometido un poema a mi alma esta tarde;
un
puente:
de
mi pequeñez,
a
la hermandad de mi sangre.
Gema Durán



