jueves, 12 de septiembre de 2013
Mapa de un día cualquiera.
Sentirse vivo no parece, a veces, asunto complicado: Darse cuenta al despertar, antes de abrir los ojos, de que un nuevo día se está desplegando, en este instante preciso, tras el horizonte de los párpados. Desperezarse para saludarlo; una ducha; un desayuno tranquilo con un buen café, un rodaja de melón, una rebanada de pan verdadero -algo oscuro, algo denso-, con su miel. Dar un paseo sin apresurarse, ni saber, entre callejas; descubrir rincones que otros cuidan y hacen crecer y renacer del olvido. Sentir la brisa fresca, oler el mar - hoy un tranquilo plato de plata-, que sacude suavemente, con su aroma esencial de oscuras algas, cuanto no está en el tapiz del día, diciendo: polvo eres, polvo eres. Oler el otoño que se acerca distraído hacia septiembre, atraído por la luz, que en su resaca, añora días más cortos. O a media mañana, dejarse llevar por la música de J. J. Cale; por el ritmo de viaje tranquilo de sus canciones. Pintar, mientras tanto, la barandilla de la ventana de la escalera -donde viven las orquídeas- para protegerla del invierno que vendrá, y por la que se escapa el fragante olor a cocido gallego, que nos comeremos hoy -ese perfume a casa ancestral del que conviene no abusar-.
La felicidad tal vez se parezca a esta alegría apenas perceptible, que no hay siquiera que expresar y que nos colma y se derrama en el mirar y estar sin causa; a este sentirse, sencillamente, cauce de un transcurrir que no cesa ni se detiene en lo sabido, y que nada pretende, sino su transparencia, sino traer la vida a su casa, que es esta.
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